Mientras todos esperan, yo pedaleo
Una bicicleta, 10 kilómetros y
una manera diferente de vivir la ciudad
Hoy me vine al trabajo en
bicicleta: 10 kilómetros de ida y 12 de regreso. Y me di cuenta de cuánto
extrañaba el viento en la cara, esa sensación de libertad y, sobre todo, la
posibilidad de atravesar las largas filas de vehículos que intentan avanzar en
medio del tráfico descomunal que se vive en la zona 7 y sus alrededores.
La construcción del Aerómetro y
el nuevo flujo de vehículos provenientes de la zona 11, sumados a las ya
congestionadas calles de la Landívar, Castillo Lara y Quinta Samayoa, hacen
cada vez más evidente un problema que llevamos años arrastrando.
Quienes vienen del Naranjo o de
Kaminal Juyú pueden pasar fácilmente una hora o más haciendo cola, y al llegar
a ese gran nudo vial todavía les espera otro tramo de congestión que, con
suerte, puede tomar otros 45 minutos. Todo esto mientras intentan avanzar sin
chocar, sin golpear a un motorista y, por supuesto, sin que alguien les raye el
carro.
Dentro de cada automóvil, muchos
consultan constantemente Waze o Google Maps, buscando consolar su tedio y
buscar algún camino alternativo que les haga sentir que avanzan. El combustible supera los 40
quetzales por galón, los parqueos tienen un costo y, detrás de cada volante,
hay una persona tratando de llegar a tiempo a su trabajo, a una reunión o
simplemente de regresar a casa.
Mientras tanto, yo voy en
bicicleta, escuchando música y avanzando. Hoy recorrí los 10 kilómetros de ida
a mi trabajo en aproximadamente 36 minutos, deteniéndome únicamente cuando los
semáforos me obligaron a hacerlo. Sentí el viento fresco de la mañana y
disfruté el recorrido, mientras sorteaba también a algunos motoristas que
utilizan los pocos tramos de ciclovía disponibles si podemos llamarlas como
tal, son retazos de ciclovías, abandonadas, sin mantenimiento y sin estar
interconectadas, estos espacios han quedado prácticamente abandonados.
Llegué al trabajo prácticamente
sin haber sufrido el tráfico. Dejé mi bicicleta en el parqueo que mi empleador
pone gratuitamente a disposición de quienes optamos por este medio de
transporte.
Y hay algo que me alegró todavía
más: el espacio de bici parqueo, ya se quedó pequeño. Cada vez hay más
bicicletas y scooters. Algunos han descubierto que pueden movilizarse de otra
manera y evitar que el tráfico determine cuánto tiempo de su vida van a pasar
atrapados en una fila.
Llevo alrededor de 13 años
utilizando la bicicleta, no como una actividad deportiva, sino como una forma
de movilizarme. Con ella puedo recorrer la ciudad, saludar a otros ciclistas y
agradecer a los conductores que amablemente me ceden el paso al atravesar una
intersección.
Hoy utilizo una bicicleta
eléctrica. La cargo en casa y, además, buena parte de esa energía proviene de
los paneles solares que instalé hace algunos años. Por ello el costo de la
electricidad para movilizarme es considerablemente menor.
Por eso, a mis 60 años, puedo
decir que movilizarme en bicicleta me hace feliz. Me hace sentir libre. Me
permite aprovechar el tiempo, evitar buena parte del tráfico, reducir mis
gastos de combustible, parqueo y muchas
veces o casi siempre, llegar más rápido a mi destino en ese horario matutino.
No pretendo decir que la
bicicleta resolverá por sí sola el problema de movilidad de la ciudad. Tampoco
todos tienen las condiciones para utilizarla. Pero sí creo que necesitamos
muchas más alternativas y una visión diferente de cómo queremos movernos por
Guatemala.
La movilidad es un problema complejo
y el tráfico es el efecto que provoca que miles de personas continúen viajando
como sardinas en los Transmetros, esperando largos períodos en las paradas por
falta de unidades suficientes o simplemente atrapadas durante horas dentro de
sus vehículos.
El Aerómetro en la Roosevelt, podrá aportar algo, pero difícilmente será la
solución integral que necesita una ciudad como Guatemala. Es, en mi opinión,
como poner una aspirina a un paciente con una migraña crónica: puede aliviar
momentáneamente, pero no resuelve el problema de fondo.
Necesitamos planificación,
transporte público eficiente, infraestructura para bicicletas, seguridad para
los peatones y ciclistas y, sobre todo, una visión de ciudad que piense en las
personas y no solamente en los vehículos.
Mientras eso ocurre, yo seguiré
escogiendo mi propia alternativa. Subirme a la bicicleta, cada vez que pueda, sentir el viento en la cara y recorrer la
ciudad de una manera que me permite llegar al trabajo no solamente más rápido, realizando
ejercicio a favor de me salud y sentirme
feliz .
Quizás esa sea una de las
pequeñas decisiones personales con las que podemos empezar a transformar la
forma en que vivimos nuestra ciudad.

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